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24 horas de Café
Para cada momento, para cada lugar. No importa la esquina, el bar ni el barrio: en Buenos Aires, siempre hay buen café.

Son las ocho de la mañana, un joven de camisa celeste y pantalón beige toma un café en la Confitería Las Violetas. Cumple la rutina todos los días antes de subirse al subte para abandonar el apacible barrio de Almagro y entrometerse en la caótica zona de Microcentro, en Retiro.

Cerca del Palacio de Tribunales, un abogado se reúne con su cliente y repasan los últimos detalles del juicio que deben afrontar. Piden un café y el abogado come una medialuna de grasa, sentado en una mesa sobre la vereda del café Petit Colón. Charlan nerviosos e interrumpen intempestivamente la reunión porque ya son las once.

Se acerca el mediodía y en el barrio de Boedo se empieza a llenar de gente una esquina. Empleados de los comercios, transeúntes y freelancers suelen pedir un sándwich de pavita en Café Margot, como hace sesenta años pidió Juan Domingo Perón.

Los cafés son parte de la historia argentina por los personajes ilustres que los visitaron, pero principalmente porque son expresiones de la identidad local. Los porteños son arraigados y los cafés también: al lugar de origen como el Bar Iberia, el Bar Británico, el Bar El Colonial o el Bar La Nueva Andaluza;  a la familia como el Café de García, el Bar de Cao o Il Café Thibon; o a una ubicación geográfica como el Bar Lavalle, el Café de la Esquina o el Café de la U en Villa Urquiza.

Son las 15 h y en el Café Palacio, en el barrio de Chacarita, hay olor a granos molidos. Una mujer con anotador en mano mira la pared detalladamente, las 2000 imágenes y cada una de las cámaras de fotos que están colgando. Ella tiene la suya atada al cuello.

En el café Don Victoriano, que antiguamente se llamaba El Gato Negro, un señor de panza prominente y voz rasposa elige diferentes especias. Entre tantos colores y frascos, selecciona pimienta de cayena, alcaravea y paprika. Quiere preparar la comida de la noche con tiempo y ya son las cuatro de la tarde.

Un padre pasa a buscar a su hijo por el colegio, como lo hace todos los años en el día de su cumpleaños, y lo lleva al café La Giralda. La costumbre de tomar chocolate caliente con churros empezó a los 6 y ya es el cuarto año consecutivo que la cumplen. Salen del colegio a las 17 h y se sientan durante un rato en una mesa junto a la ventana.

Nadie sabe bien la respuesta, pero muchos se preguntan por qué hay tantos cafés en esquinas de Buenos Aires. Café de Los Angelitos, La Biela, el Bar Sur, el Bar El Federal, el Café La Poesía, el Café El Buzón y Los Galgos son algunos de estos. En este último, se reúne un grupo de amigos músicos a tomar un vermú. Lo repiten todas las semanas pero a veces van variando los participantes. Eso sí: a las 19 h, siempre va a haber alguien.

En el Café Tortoni, una pareja hace la fila para la cena show de tango de esta noche. Son turistas y les recomendaron no irse de la ciudad sin haber ido al mítico bar. A cinco cuadras, también sobre la av. de Mayo, otros extranjeros, de diferente nacionalidad, sacan fotos y le ponen tiza a los tacos en Los 36 Billares, el café que es una de las salas más tradicionales del juego en Latinoamérica.

Desde las 22 hs y hasta la madrugada, un grupo de jóvenes festeja los cinco años de egresados jugando al ping-pong y tomando cerveza en el Café San Bernardo, uno de los lugares donde la noche no termina y la juventud es lo habitual.

Cansado después de una noche de trabajo, un señor de bigotes canosos y anteojos gruesos camina por la calle en dirección a su casa. Se detiene en av. Callao y av. Corrientes, donde sabe que siempre va a encontrar a alguno de su banda. Conoció a sus amigos a la noche porque son serenos como él y, juntos adoptaron la costumbre de jugar a las cartas, a los dados o al dominó en el Bar La Academia,al terminar su jornada laboral. Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, un joven de camisa celeste y pantalón beige se prepara para ingresar a la Confitería Las Violetas.