En la esquina de Boedo y San Ignacio se levanta un edificio centenario que guarda buena parte del espíritu del barrio. Lo mandó a construir el genovés Lorenzo Berisso en 1904 y en su planta baja funciona uno de los cafés más queridos de Buenos Aires: el Café Margot.
De atmósfera cálida y hospitalaria, su mostrador de mármol, las mesas y sillas de madera, y las vitrinas repletas de botellas conviven con una colorida iconografía porteña que cubre las paredes. Allí, el tiempo parece haberse detenido justo en el punto en que se entrelaza la conversación, el aroma del café y la buena comida.
Los sándwiches de pavita en escabeche de este lugar alcanzaron categoría de mito, acompañados por los de lomito, las medialunas doradas, el irresistible strudel de manzana casero, las pastas caseras y la sidra tirada.
La leyenda cuenta que en los años 50, mientras Juan Domingo Perón recorría la Av. Independencia, le pidió a su chofer que lo llevara hasta Margot. Dicen que bajó del vehículo, entró al bar y pidió, sin protocolo alguno, el famoso sándwich de pavita del que tanto había escuchado hablar.
Por sus mesas pasaron personajes importantes de diversos ámbitos: el diputado Alfredo L. Palacios, los escritores Raúl González Tuñón, Gustavo Riccio e Isidoro Blaisten; el boxeador Oscar “Ringo” Bonavena; el ídolo popular José Francisco “El Nene” Sanfilippo; y hasta el carismático “Mono” Gatica, que llegaba en su Cadillac rojo a disfrutar del bullicio del bar.
Distinguido por la Junta de Estudios Históricos de Boedo como uno de los hitos del barrio, el Margot también fue reconocido por la Secretaría de Educación del GCBA por su participación en el programa Buenos Aires lee, y por el Museo de la Ciudad como Testimonio Vivo de la Memoria Ciudadana.
Margot es toda una institución, un punto de encuentro donde el pasado sigue conversando con el presente.
Recorré los barrios emblemáticos de la ciudad.