En 1986, Emilio Garip abrió las puertas de Oviedo Restaurante, con una idea clara: ofrecer en Buenos Aires una cocina centrada en pescados y mariscos de primera calidad, con servicio profesional y una cava excepcional. Con el tiempo, esa apuesta se convertiría en una de las marcas de identidad del lugar, que hoy cuenta con más de 18.000 botellas.
Pero la historia de Garip en la gastronomía había comenzado antes. A fines de los años 70 abrió una rotisería en la esquina de Billinghurst y Mansilla, donde empezó a desarrollar un vínculo profundo con el producto y los proveedores.
El salto de calidad llegaría en los años 90, cuando Garip conoció a un grupo de cocineros gallegos que habían llegado a Buenos Aires. Fascinado con su técnica y su cultura culinaria, tomó una decisión poco habitual para la época: enviar a su cocinero a entrenarse en España. Cuando él regresó, trajo una revelación: “Jefe, nosotros no podemos hacer nada parecido: nos faltan ingredientes, espacio y máquinas”, le dijo. Ese diagnóstico marcó el inicio de una etapa de búsqueda intensa. Garip empezó a rastrear proveedores de pescados frescos, cordero y carne de calidad, algo que era difícil de conseguir. La obsesión por el producto llevó al restaurante a incorporar ingredientes poco habituales para la época: ranas, ostras, mejillones, anchoas, almejas, langostas y jamón ibérico.
También comenzó a importar tecnología gastronómica, desde freidoras profesionales hasta hornos convectores, algo poco común en la cocina local de entonces. En 1998 llegó otra etapa clave: la reforma del local de Beruti, donde funciona hoy el restaurante.
Un restaurante en el que conviven tradición española, producto de alta calidad y una de las cavas más importantes de Buenos Aires.