En pleno centro porteño, La Estancia es uno de esos restaurantes donde sentarse a comer es una vivencia imperdible. Fundado en noviembre de 1962 por inmigrantes españoles, el lugar nació del esfuerzo y la pasión de quienes buscaban recrear el espíritu hospitalario de las grandes casas de campo. Con el tiempo, esa dedicación convirtió al restaurante en un punto de encuentro para familias y amigos en busca de una experiencia gastronómica profundamente argentina.
Ya desde la entrada, el espectáculo es imponente: dos grandes vidrieras dejan ver el corazón del restaurante. De un lado, un fogón rodeado de asadores; del otro, una parrilla donde el fuego trabaja sin pausa. Vas a encontrar asadores vestidos como gauchos y paisajes camperos que decoran las paredes y evocan la vida rural argentina.
La ceremonia de la preparación de la carne queda a la vista y se repite cada día: se enciende el fuego, se acomoda el carbón, se alimenta el asador con leña y empieza la danza de los costillares girando lentamente al calor de las brasas. En la rueda criolla giran chivitos, lechones y corderos patagónicos, mientras que en la parrilla se preparan clásicos como tira de asado, matambre, vacío y una selección de achuras, siempre en su punto justo. Una celebración del fuego, la tradición y el sabor.
Aunque la carne es la gran protagonista, la carta también ofrece alternativas que amplían las opciones: empanadas fritas, pastas caseras y otros platos elaborados que mantienen el espíritu de la cocina local.
En la historia del restaurante hay figuras que marcaron época. Uno de ellos fue Emilio Rodríguez, quien acompañó los primeros años del proyecto. Junto a él se destacó Avelino Fernández, que comenzó trabajando allí con apenas 18 años durante la inauguración y con el tiempo se convirtió en uno de los rostros emblemáticos del asador, luego en gerente, e incluso supo ocupar roles clave en el sector gastronómico.